domingo, 8 de mayo de 2011

Destete

Enzo Durmiendo rico 27 diciembre 7 m
Enzo durmiendo post papa
En esto de la maternidad pensaba dar leche hasta el año, porque se supone que es lo mejor para el baby. Mi plan era de a poco sacar una papa a la vez, cosa que para el primer cumpleaños ya estuviera destetado. Fue toda una planificación con calendario en mano y todo, leyendo sobre lo difícil que puede ser para los guagüitos el destete porque más que la leche, en la pechuga sienten la seguridad.
También estaba enterada y consciente que podría ser difícil para mí también por sentir cómo tu hijo ya no depende de ti. Eso último lo encontraba un poco una boludez. Yo siempre he querido criar a un bebé independiente y mientras menos señales de mamonería presente mejor por mí y él. Y he estado feliz de que está dando resultado: que sea explorador, aventurero, que pueda pasar tiempo jugando solito, que no pida brazos. Uno se los da, por supuesto, y uno juega con él en el suelo haciendo leseras y le da mucho cariño, pero también le doy el espacio y la confianza para que aprenda a hacer las cosas solito.
Dar papa nunca fue un problema. De verdad que al principio ni tú ni el bebé saben tomar y puede ser complicado porque puedes tener dolor, mucha o poca leche, heridas, vergüenza de tener que amamantar en público; una infinidad de cosas que a cualquier mujer pueden llevar a abandonar la tarea. Pero ES lo mejor para tu hijo. Es, creo yo, a menos que hayan problemas físicos, egoísmo privar al bebé del mejor alimento y medicina que le puedes dar. También es ser corto de mente, porque los beneficios a largo plazo son demasiados. Pero cada caso es distinto y no hay que juzgar, pero vale la pena el esfuerzo.
Y la verdad es que, a final de cuentas, después lo extrañas. Los primeros meses, como me decía mi marido, eres una vaca lechera, tu día se te va amamantando y ya que es tu única función es bueno trabajar sólo para eso. Así como una modelo debe comer sano e ir al gimnasio a tonificar, una madre nodriza debe descansar lo más posible y comer sano también. Después con el tiempo, van disminuyendo las veces al día que amamantas y el tiempo que el baby pasa en la pechuga. Y cuando llegan los 6 meses y tu hijo empieza a comer sólidos, amamantar es más cómodo, sólo dos o tres veces al día y por poco tiempo, así que se convierte en un momento de regaloneo con tu hijo y te flexibiliza mucho más el día si es que quieres hacer cosas fuera de la casa.
Aún así, el amamantar siempre está presente en tu agenda del día, sin días de descanso. Un día que no amamantas, no sólo terminas con las pechugas a punto de explotar sino que también puede bajar la producción lo que es muy decepcionante para el bebé (como ir a un restaurante y salir con hambre). Salir por largos ratos implica sacarse leche, que es un tedio (no puede creer que lo hice por 10 meses) y restringir tus actividades (sobre todo si eres viciosa como yo, que disfruto mi cigarro y mi vino al final del día).
Y muchas nuevas mamás temen a la falta de sueño que amamantar les va a traer. En realidad, eso nunca fue un gran problema. No voy a decir que lo disfruté. Al principio, de verdad que ni distinguía entre el día y la noche porque era 24/7. Pero cuando el Enzo se despertaba una vez en la noche, hasta lo disfrutaba: levantarme para calmar a mi guagüito y tener 10 minutos de cariños. Después caer dormida no era problema. En realidad, nunca despertaba completamente.
Mis mejores recuerdos de amamantar son de los últimos meses, cuando el Enzo ya comía y teníamos tres momentos de pechuga al día. En la papa de la mañana y la noche, normalmente el Enzo y yo nos quedábamos dormidos. Era tan rico ver como de su emoción inicial y después ver y sentir como de a poco se iba relajando y cayendo dormido. Es el único momento en que se dormía en mis brazos (sólo duerme en su cuna o el coche) y lo disfrutaba montones. Normalmente yo caía en la mañana y en la noche a veces. Cuando yo no caía me dedicaba a mirarlo, a hacerle cariño, a disfrutar su cara hermosa de paz y de seguridad. A veces se me iba casi una hora en esa contemplación, en disfrutar ese momento íntimo sin que nada más sea importante para que se acabe.
Y cuando fuimos sacando las papas de a poco, pasó que cuando saqué la segunda se me acabó la leche muy rápido. Cuando le saqué la papa de la noche (primero sacamos la de la tarde, luego la de la noche y después la de la mañana), me imaginé que Enzo podría extrañar la pechuga y me llamaría a gritos. Acordamos con Daniel que él le daría la leche de mamadera y cuando terminara yo entraría a ofrecerle un poco de mi leche y así aprovechaba de despedirme de ese momento íntimo de a poco. Estaba atenta, esperaba los gritos desesperados, sobretodo porque estaba un poco acostumbrado a caer dormido mientras amamantaba.  Y Daniel aparece y me dice que no es necesario que entre porque ya está dormido. Y en la mañana, duró 30 segundos en la pechuga y por mucho que intentara los días que vinieron, dejó de tomar.
Me dio pena. Porque no me despedí. Me gusta acordarme y documentar acá esos momentos de siesta y de descanso para los dos, la plenitud del momento y la intensidad también, porque estás alimentando y dándole seguridad a tu hijo. Me entusiasmaba mucho dejar de amamantar, por la flexibilidad que iba a tener, porque Enzo ya sería un niño y empezaríamos una nueva etapa. Pero quería mi despedida, quería mis lágrimas (que caen ahora en un café, ¡que plancha!) despidiendo a Enzo bebé y dándole la bienvenida a Enzo niño. Quizás quería la despedida como algo simbólico, para atesorar y cerrar el año más intenso de mi vida, dónde dejé de ser el centro de mi vida, y la seguridad y felicidad de mi hijo vino primero.
Con la pena vino la alegría también. No tengo, hasta ahora, mejor indicador que Enzo está creciendo cómo creemos que es mejor para él: con independencia y confianza en si mismo. Que no haya reclamado leche materna, sólo demuestra, que no depende de nada externo para sentirse seguro y feliz.
Picnic en Palmer Park (88)-1

jueves, 7 de abril de 2011

Viejo de Mierda: Mi historia de acoso sexual

Esto lo escribo inspiarada por James Hamilton, el médico cirujano abusado sexualmente y psicológicamente por un cura, que se atrevió a hablar después de años e incluso de tratar a un Monseñor de criminal al ser cómplice de un cura pedófilo. Para que estas cosas no pasen. Para proteger a sus hijos.
Yo fui acosada sexualmente en la universidad (de Chile) por un profesor muy reputado que en paz (o no) descansa. Su nombre es Enrique Sandoval Gessler. Nunca hablé más que con mi círculo cercano, ni lo denuncié, ni nada. En realidad ahora que lo hablaba con mi marido, nunca lo hice porque estaba más preocupada de terminar la carrera sin atados, sin pensar en que quizás a alguien más le podía pasar, a alguien con menos confianza y seguridad que yo. Y escuchando al Sr. Hamilton, creo que estuvo mal, aunque es normal callar por miles de motivos. El habló después de varios años, tantos, que en el sistema de justica antiguo el crimen prescribió.
Hablando con compañeros pensábamos en tener una especie de taller literario, porque en la carrera o en la facultad no había nada parecido a eso. Y habíamos unos cuantos que escribíamos cosas. Yo les contaba de mis experiencias armando revistas en el colegio y los enganchaba.
Y así me acerqué al profesor. Me llevaba relativamente bien con él. Encontraba que estaba motivado por cosas extraprogramáticas e incluso organizamos una salida al teatro. Lleve a mi mamá esa vez, recuerdo, quien también fue alumna de él hace millones de años. Esa vez me acuerdo que le hablaba a mi mamá de mí, de lo fantástica que yo era, etcétera. Nada del otro mundo, nada que mi mamá tomara como algo distinto a un profesor hablando bien de su alumna. Yo lo encontraba muy hablador y halagador y me incomodaba un poco, pero nada contra él.
En ese semestre le propuse lo del taller literario y me invitó a tomar café al Au Bon Pain de Providencia. Ahora que hago memoria, yo le propuse juntarnos en el casino de la U y él me propuso ir a otra parte. Yo, la imbécil, lo encontré muy gentil, porque de verdad quería darse el tiempo fuera de la Universidad para conversar de mi proyecto. Nos juntamos y la cosa se puso incómoda al tiro. Le llevé las revistas que yo había hecho en el colegio y le empecé a contar de mi plan, pero inmediatamente me empezó a hacer preguntas de mí, de qué cosas me gustaban y me empezó a dar regalos, una libreta para que escribiera y creo que un calendario. Yo defraudada de no poder hablar de lo que quería y bastante incómoda con la atención, decidí dar por terminada la reunión. A la salida, me puso la mejilla para que le diera un beso, cosa que uno no hace con profesores, pero yo puse mi mejilla también y me corrió la cara. No hubo cuneteo, y yo de incomodidad me reí y le di la mano y me fui.
Quizás di todas las malas señales: aceptando salir con él, aceptando regalos, hablar de mí, ofrecerle la mejilla. Sé que esto no hubiera pasado si no hubiera sido tan ingenua, pero ¿qué podía tener de malo? si lo que nos convocaba, al menos a mí, era un proyecto de taller literario y él, además, era un tatita. Yuk!
Hasta ahí, todo era una incomodidad no más y obviamente se me acabó el plan del taller literario. Pero la cosa se puso color de hormiga cuando sentía que me hostigaba queriendo hablar conmigo todo el rato, nunca de mi proyecto literario, y me causaba una repulsión tan grande que dejé de ir a clases. Y eso fue para peor. Mis compañeros son testigos de que si él me veía en el pasillo cuando había clases, él decía que no partía la clase hasta que yo no entrara. O cuando dio todas las notas al final del semestre (cuando ya no tendría ninguna opción conmigo porque no tendría que verlo nunca más) y las recitó frente al curso, al llegar a mí, que me saqué una buena nota, dijo que no me la merecía.
Lejos, lo peor de todo fue, sin duda, que un día domingo me llamó a mi casa para preguntarme como estaba y si iba a ir a clases al día siguiente. Le dije que estaba bien y que no sabía si iría a clases. Fui lo más cortante posible. Claramente no quería volver a entrar a esa clase después de eso. Me daba un asco espantoso, verlo, escucharlo, todo. Ningún profesor se puede conseguir el teléfono de tu casa, llamarte un día no hábil para más remate, para hablar contigo. Eso es una violación de tus datos personales, es hacer mal uso de información confidencial. Y el resto de lo que fui “víctima” fue abuso también. Fue una conducta abusiva en cuanto hacía uso de su poder de profesor para hostigarme y humillarme. Nada me podía importar menos que me dijeran que no me merecía una nota cuando yo sabía que sí me la merecía (¡o sea!, me conseguí toda la materia e hice in muy buen trabajo considerando que me perdí las clases), pero una cosa es como yo me sienta y otra es ver que técnicamente hay abuso, hay bullying. 
Hay abuso porque por una motivación personal enferma utilizan su poder para actuar tranquilamente y humillar o hacer movimientos sucios.  Así se pueden proteger. Es una cobardía del porte de un buque, además.
Una vez que se acabó el curso cerré el capítulo. Me olvidé de todo. Nunca más le dirigí la palabra. Pero cada vez que entraba a la universidad pensaba “Ojalá no me lo tope”.
Ahora que lo pienso quizás debería haber hecho algo distinto. Haberlo denunciado al menos, aunque sólo fuera para asustarlo, para que vea que sus actos tienen consecuencias que le podía complicar su apacible vida de académico. Quizás tenía miedo, dada su reputación, a que me cuestionaran a mí y que me pudiera afectar en cómo terminaba la carrera. Pero definitivamente sentía que no valía la pena hacer nada al respecto. No confiaba en que nada llegara a ninguna parte. Si lo denunciaba, sentía que la única perjudicada sería yo. Después de todo no estaba traumatizada ni tenía miedo de que me pasara algo peor. Era un abuso de corto alcance que con mi personalidad y mi círculo de amigos podía manejar bien. En la balanza no valía la pena. Prefería que se las llevara peladas.
Pero los abusadores y criminales deben pagar. El abusador más abusador y uno más livianito son abusadores igual. Que las cosas sigan sucediendo es porque nadie los denuncia. El abusador sabe que es difícil que los denuncien, porque manipula y porque tienen poder.  ¿Y si habían más niñas como yo? Quizás pasaron por algo peor. Eso es lo que no me he podido sacar de la cabeza desde que escuché a James Hamilton.
Lo escribo porque lo denuncio. Nada más. No me estoy desahogando ni nada. El caballero está muerto, tiene una familia que lo recuerda, seguramente, con mucho cariño. Estuve a punto de no escribir su nombre, porque cuando confirmé su segundo apellido por internet, fue porque encontre una caricatura de él y el comentario abajo decía: “mi tío!!!” y un emoticón tiernón. Pensé en su familia y lo que le podría doler, en que él desde su tumba no se podría defender. Pero al final de cuentas, vivo o muerto, con familia querida o solo como un dedo, fue un abusador igual. Simplemente, acosadores que se las llevan peladas por su posición de poder, son criminales que no deben quedar en la impunidad ni en el olimpo de la reputación. Por eso, porque son criminales.
Y denunciemos no más para resguardar a los inocentes y en este caso también, resguardar la educación y la reputación de mi alma mater. Es una pena que esto afecte a familias inocentes, pero les tocó un marido, amigo, padre, colega, tio, abuelo abusador y esa es la realidad, no un académico de renombre que sólo los llene de orgullo.
Nada más que decir. Si hubiera cambiado algo aparte de haberlo denunciado, debería haberlo encarado algunas de esas veces en que yo esperaba el ascensor y él llegaba a esperarlo también. En vez de subir rápidamente por la escalera, debería haberle dicho esto: “viejo verde, cerdo, repulsivo de la conchadetumadre, métase su literatura por la raja porque usted está pasado a mierda y sólo me provoca ganas de vomitar”.

lunes, 28 de marzo de 2011

Just Dance (2)

Esto es una continuación del primer posteo en que hablaba del alcachofazo que me pegué cuando salí a bailar hace un par de semanas. Como me gusta. Y que debería hacerlo más.
Este es mi pasado danzarín.
Desde chica siempre bailé. Tengo recuerdos de hacer coreografías con mis amigas desde los 5. Y con mi hermana preparábamos presentaciones para nuestros padres, tíos y abuelos todos los domingos. Cuando mis padres viajaron por primera vez los recibí con una coreografía.
A medida que crecía y el baile empezaba a ser naturalmente más público, mi conflicto fue que normalmente se veía (y todavía, ¿no?) el baile como un ritual de apariamiento. Ir a la fiesta o a la disco, bailar con alguien y pinchar. Y para mí era esta liberación o la entretención de jugar con coreografías. Es rico mover el cuerpo al ritmo de la música. Entonces encontraba injusto que no me dejaran ir a fiestas “para protegerme de tanto fresco”, o tener que decir que no una y otra vez cuando te sacaban a bailar cuando yo quería bailar deshinibidamente con mis amigos. Una vez una amiga de una amiga me preguntó si era lesbiana porque le decía que no a todos los hombres. Pucha que me cayó mal esa mina.
Primero bailaba en los cumpleaños, luego en fiestas de colegio, luego en discoteques. Con la llegada de la independencia volví un poco a bailar en casas.
Siempre el conflicto ha sido la mala música que hay en los lugares donde a uno le toca ir a bailar y los jotes. Cuando cumplí 15 años hice una fiesta en mi casa. Era mi oportunidad para bailar tranquila y la música que me gustaba. Grabé 6 cassettes de 90 minutos. Estudié las canciones que me gustaban y las puse en orden. ¡Quizás cuanto me demoré en esa pega! En esa época rayaba con Greenday, Los Fabulosos Cadillacs, Cypress Hill, Stone Temple Pilots, Red Hot Chilli Peppers. Ninguno me gusta el día de hoy.
Luego me vino la locura por la onda disco. Abba y Gloria Gaynor. A los 18 gané en una presentación de colegio con una coreografía de Gloria Gaynor. Ahora está trillado, pero en ese entonces Priscilla, la Reina del Desierto había salido hace poco e hicimos la coreografía de I will Survive. Ganamos. 
A los 19 gané una entrada liberada a la Excálibur del Quisco (¡fino!) por ganar una competencia de baile arriba de la barra. Fue cuático. Esa debe haber sido la época en que en realidad bailaba cualquier cosa. Varias cosas chulas, como “Suavemente” o “Livin’ la vida Loca”.
A los 18 empecé a ir a la Blondie. Duro y parejo. Donde tocaban la misma música que escuchaba en mi pieza pero a todo chancho. Pulp, Suede, Morrisey, Blondie. También las fiestas Kitch. Iba hasta mi toque de queda y no paraba de bailar y lo mejor era que nadie te sacaba a bailar. Curiosamente, la última vez que fui a la blondie fue el mismo día que me puse a pololear con Daniel. De todas formas se chacreó cuando ya no se podía ni entrar.
A los 21 mientras viví en Inglaterra, casi todos los sábados que estuve en Londres con mi amiga Sarah fuimo al Pitcher & Piano de Islington. Y bailábamos hasta que cerraban. Ese era mi playlist favorito: tocaban “I want you back” de los Jackson 5, “Get your Rocks off” de Primal Scream, “Living on a Prayer” de Bon Jovi, “Summer of the 69” de Bryan Adams, “Cause I was High” de Afroman, “Bootilicious” de Destiny’s Child, “Highway to Hell” de AC/DC, “We will Rock you” de Queen. En fin, la mezcla era rara pero todo se podía bailar y tarareas. Hasta Daniel bailó cuando fuimos.
Y de vuelta en Chile con mi amigui íbamos al Club Miel y pasaba piola. Me acuerdo de una de las mejores fiestas a las que he ido en mi vida. Fue para el cumpleaños número 50 del papá de un amigo y encarpó la casa y todo, pero no había DJ. Y ahí estuve, Gabi DJ, y fue todo un éxito. Porque este caballero tenía más discos que una radio. En general, pelábamos tanto la música con mi amigui que empezamos a hacer nuestros playlists y a hacer fiestocas en la casa de la playa. Ahí además se vino mi matrimonio y el placer de hacer mi playlist con Daniel. Después de la fiesta tuve que irme a pie pelado a la casa.
Y después los bailes han sido más que nada casualidad. Mis amigos no son muy buenos para bailar y por mucho que intenté en nuestro departamento ofrecí varias fiestas, que nunca tereminaron en bailoteo. A lo más un precalentamiento. Acá en Inglaterra bailé por pega (con alumnos), en Gales en una fiesta de los suegros de una amiga americana de Daniel, muy cool; y en el pub irlandés, embarazada. Pero no paré. Ese día Daniel quedó para adentro. Ahí, en un acto de generosidad, se dio cuenta lo mucho que me gustaba bailar y lo poco que me alentaba para hacerlo. De alguna forma se sientió mal.
Pero la culpa es de uno no más. De no insistir, de sacarlo de la vida cotidiana. Yo sé que necesito mi partner. Y los tengo, pero lejos y poco. Y tengo mis playlist. Y mi sueño de hacer fiestas. Sé que hay un potencial en mí. De ser DJ. Nada pretencioso, simplemente pop y rock, clásicos y modernos que hace que se te muevan las patas.

Les dejo una gran canción pop bailable, versión de la ochentera "Mentiras" de Daniela Romo cantada por la cool María Daniela y su sonido lasser.

domingo, 13 de marzo de 2011

Just Dance (1)

Nada mejor para el cuerpo y la mente que bailar para eliminar preocupaciones, estrés, malos ratos, el aburrimiento y tedio de la vida cotidiana, etcétera. No hay mejor medicina para mí, para “let go” y partir de cero. Hago Yoga y Running con la misma intención, pero la mejor medicina es escasa, lo hago poco y cuando lo hago sólo confirmo lo bien que me hace.
Una pena.
Y hablo del dancing en la disco, en el bar, en las fiestas con amigos, la música fuerte y los ánimos prendidos. El playlist favorito de canciones pop y rock bailables. Nada pretencioso. Nada cuático. Nada snob. Música que “does the trick” y se te van las patas.
Salí con mi amigui. Yo había tenido una semana más o menos. Ella había tenido un día espantoso. No nos vemos nunca porque vive lejos, así que mientras estaba de visita decidimos salir. En realidad siempre que viene proponemos lo mismo pero nos arranamos. Malo está. Esta vez sí salimos. Nos arreglamos. Sentí la edad, con los flashbacks de cuando hacíamos lo mismo hace 10 años, arreglarnos frente al espejo, elegir una polera y los zapatos, intercambiar zapatos. Las mismas dos personas,  esta vez preocupadas de tapar arrugas, canas, ojeras. Y fuimos al bar. Nos tomamos dos copas de vino. Hablamos de nuestras rabias, decepciones, miedos, resentimientos. También las cosas buenas, siempre. El mundo pasa, el vino y los cigarros se acaban, pero la conversación es imparable. Si queremos bailar sólo tenemos que interrumpir la conversación. Nunca sérá suficiente anyways.
Vamos a la pista de baile. Al igual que hace 10 años, tenemos fe y creemos que la próxima canción será buena y nos lanzaremos con todo. Pero no, pasan y pasan las canciones, los temas, una mezcla de tecno con pop y reggae. De verdad tóxico. Inbailable.
Partimos al bar irlandés. Ahí a veces tienen a quien llamamos DJ Guata. Un caballero poncherudo, cerca de los 50, que tiene dos ipods, unas luces y amplificadores. No sabe mezclar bien los temas, no le interesa, porque está texting todo el rato. Pero la música no falla, el pop y pop rock más reciente (Lady Gaga, Black Eyed Peas, Katy Perry, The Killers) mezclados con bailables más nostálgicos (Bryan Adams con “Summer of the 69”, Queen con “Don’t Stop Me Now” o “The Crocodile Rock” de Elton John). Con mi amigui paramos dos veces para tomarnos una Coca Light (no necesitamos fuel para bailar, bailar es el fuel), pero el resto nos deshacemos en la pista de baile. Nos escapamos de los jotes y un par de cabros fétidos, igual que hace 10 años.
Y se acaba la noche. Y estamos felices, cansadas y con gusto a poco. Siempre con gusto a poco.
Definitivamente, tengo que bailar más.
Aquí mi viejo nuevo temazo bailable

domingo, 6 de marzo de 2011

(muchas) imperfecciones

clumsy
Sería perfecta
si pusiera más atención cuando me hablan y no anduviera preguntando ¿qué?, ¿cómo? a cada rato;
y si fuera buena para inferir porque me pierdo chistes y a veces no entiendo porque uso un contexto que ¡nada que ver!;
y si no fuera tan torpe, botando cosas, rompiendo, metiéndo ruido, pegándome, sin querer;
y si me acordara de las películas que he visto, de los nombres de los personajes, líneas y escenas que me gustaron. Entra por un ojo y sale por el otro. Mal. Lo mismo con los libros;
y si me acordara de los chistes. Me río como enferma pero después no me acuerdo de absolutamente nada;
y si me acordara del 20% de las cosas que aprendí en el colegio y en la universidad. De verdad que me entra por un oído y me sale por el otro. Soy muy ignorante. Muy;

jueves, 24 de febrero de 2011

Comienzos de un fragmento de mi vida

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(Nuevamente mi amiga CZ me hace mirar al pasado y ver la nobleza del tiempo)

Vivir fuera. En el primer mundo. Es algo con lo que muchos sueñan. Yo soñé siempre, siempre.

Temporalmente. Eso sí. El pasaje ida y vuelta, sí, aunque sean varios años. El estudio afuera es la oportunidad ideal. Porque no hay comparación, para qué andamos con cosas. Creo que vivir fuera es necesario. Nos hace bien. Crecemos y somos mejores personas.

 

viernes, 18 de febrero de 2011

Año Extra

La primera vez que Daniel presentó la idea de quedarnos un cuarto año en Inglaterra yo dije que no. Podrá sonar un tanto leso, pero sentía que tres años estaba bien de break para mí, pero no cuatro. ¿Por qué un año haría tanta diferencia? En mi vida o en mi currículum, por ejemplo. Año 1 era para terminar mi tesis tranquila, aclimatarnos y como año sabático después de 5 intensos años. Año 2 para trabajar y viajar. Año 3 para tener un hijo. Luego de esto podía volver tranquila al mundo laborar y a mí vida. Pero luego dije que sí. Pensé que no podía vivir esta vida afuera como si fuera un paréntesis, porque de ser así era como perder el tiempo y no vivir nada. Entonces un cuarto año aquí o en la quebrada del ají daba lo mismo, la vida sigue igual y hay que vivirla con todas sus sorpresas y desafíos.

lunes, 31 de enero de 2011

Cambiando la forma de viajar

Fui picada por el bichito de los viajes. Todo es culpa de mi padre. Mi padre sólo había ido a Mendoza hasta que a los cuarenta y tantos años por la pega lo mandaron a un par de países europeos. Se volvió tan loco que años después dejó la pega para independizarse y así tener más tiempo de viajar. Hoy, a los 67 años ha viajado a 107 países, que según Travelbuddy es el 48% de mundo, lo que a mí papá lo dejó muy deprimido porque no era ni la mitad del mundo.
Gracias al bichito y su gentil auspicio en muchas oportunidades, yo llego a 23 países, un tierno 11%. Si tengo plata ahorrada siempre pienso en viajar, creo que es la plata mejor invertida. Conoces culturas y costumbres que te dan perspectiva, te emocionas con lugares y parajes bellos o distintos. Veo fotos en facebook de países exóticos por dónde pasan amigos y se me hace agua la boca. Daniel no tiene ese bichito. Cuando vemos fotos o programas de viajes le pregunto, ¿pero no te gustaría ir para allá? y me dice que para qué si lo está viendo. Una vez que el está en otro país es feliz recorriendo tranquilo pero si no hubiera ido estaría igual de feliz.


viernes, 14 de enero de 2011

Carta de Renuncia

En el verano del 2009
El último verano que trabajé entreteniendo a alumnos
Hoy presenté mi carta de renuncia en la universidad en que trabajo. Bueno, trabajaba. Esperé a que me llegara el último cheque del postnatal y me senté a escribirla. En la carta digo, básicamente, gracias, todo ha sido muy bonito, pero en realidad no puedo trabajar porque no puedo pagar sala cuna. Lo que es verdad. De hecho, saldría para atrás.
En fin. Si bien me fui con las puertas abiertas, disponible para trabajo desde la casa y reemplazos esporádicos, me importó poco. Adoro a mi jefa/amiga (que ahora es amiga solamente, con quien tomamos vino juntas, vamos a ver pelis, salimos a comer) pero nunca en mi vida, corta vida laboral, había trabajado en algo tan poco desafiante, que exigiera el mínimo esfuerzo y cabeza. Y además fue bastante frustrante en la medida que por distintas razones era un lugar tan despelotado, donde sólo con un par de buenas ideas y organización se podrían hacer maravillas. Desde que entré, en marzo de 2008, los sentimientos más generalizados han sido de impotencia y lata.

viernes, 7 de enero de 2011

Adiós al carrot cake

O gracias lactancia por favor concedido

image Mi primera dieta la hice a los 12 años. No sé como mi mamá me dejó. Me compré un libro en una “feria artesanal” que era algo así como baje 5 kilos en 5 días. Llegué al día 2. Al día 3 ya estaba tiritando y al borde del desmayo.
Y no era gorda.
Siempre fui más grande que mis compañeras que eran bien esqueléticas. Me pegué el estirón primero, me salieron pechugas primero y creo que eso me hizo sentir gorda de chiquitita.
No puedo haber sido gorda. Jugaba hockey 6 días a la semana. 4 días de entrenamiento y dos días con partidos. Pero era grandota, con unas piernototas que me daba vergüenza jugar con falda y sacarme la foto de equipo.

domingo, 2 de enero de 2011

Años Nuevos

100_0656 Parece que nunca me han gustado los años nuevos. Siempre he sentido una presión estúpida de que hay que pasarlo increíble para el año nuevo porque así sería el año, que tenía que ser la fiesta de tu vida, y no poder participar de las celebraciones porque o no me daban permiso o mis padres me ponían la cara más larga posible si no lo pasaba con ellos. O sea, el año nuevo al final era una mezcla de lata, frustración y culpa.
Inconscientemente siempre he buscado la fiesta inolvidable, los momentos especiales en la noche de año nuevo. Una boludez. Innecesario.
Lo único que me quedaba era pasar el año nuevo en familia: comer, ver unos programas lateros de recuentos en la tele (creo que no hay nada que odie más que eso) con unas fiestas de disfraces lateras que obviamente fueron filmadas hace tiempo, darnos abrazos y siempre primero a mi papá o mi tata, ver fuegos artificiales en la tele (sin gracia) y para la casa. Ya más grande y con permiso, después de las 12 podía hacer algunas cosas. Y pasé por todo: pasar el año nuevo caminando de un carrete a otro y al final sin hacer nada, la fiesta mal promocionada donde al final no hay nadie, el carrete que no prende nunca, la fiesta en que me desmayo por ver tanta multitud (o porque no estaba pasándolo muy bien, pero no de curada). Cueks, unos tras otros. Siempre soñaba con partir a la playa, hacerla tranqui, pero mi mamá siempre insistía en que pasáramos las 12 todos juntos.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Nada menos sexy que el invierno

 Blog invierno No hay caso. Una de las razones por las cuales odio el invierno es porque uno anda tapada entera y la prioridad es no pasar frío, sacrificando cualquier idea de estilo personal.
Nada más común que imaginarme que me pongo tal o cual vestido, con ciertas calzas y luego me empieza a dar frío y me pongo un polerón encima y ahí se fue la pinta. O peor aún, salir a alguna parte y llevar toda la pinta cubierta por una parka que nunca te vas a sacar.
En la noche, a la hora de acostarse no existe la posibilidad de andar durmiendo semi-desnuda o con pijama pequeño sexy,  sino que con el pijama de franela, con estrellitas o corazones. Y digan lo que digan ningún, ningún pijama de invierno (que abrigue) es sexy, creo yo, a menos que sea la ropa de tu pareja (a veces).
En el mundo del trabajo, del cual estoy eximida en estos momentos, existen posibilidades de exploración de estilo, pero es de lo más típico que la ropa no logre acompañar las temperaturas y que típicamente el calzado menos. A menos que sean unas buenas botas todos los zapatos “de invierno” te dejan los pies helados.

martes, 21 de diciembre de 2010

Great Expectations

calvinhobbes_friends
Hace un tiempo un amigo de Facebook preguntaba en su status qué era la amistad. En uno de esos días en que comento cada cosa que es posteada, intenté contestar y no pude. En realidad no pude hacer una definición rápida. Después de un rato leí lo que le habían puesto sus amigos y encontré todo bien mamón, bien de tarjeta Village. Y hace un par de días, conversando con Daniel nos dimos cuenta que tenemos una visión distinta de lo que es la amistad y lo que uno espera de los amigos.
Parece que yo espero mucho de mis amigos (amiguis, no se asusten) que él. Daniel no espera nada. Que no sean chuecos con él, no más. Y si es que.
Yo tengo pocos amigos. Si hago una fiesta e invito a mis amigos más íntimos sería una fiesta pequeñita. Sí soy de hartos conocidos, de tener buena onda con harta gente y cuando nos topamos es entretenido y ya, en una de esas nos topamos de nuevo. Hay varios de esos conocidos con quienes me gustaría ser más amigos, pero los caminos no se han topado pero no hay gran rollo con eso.
Pero mis grandes amigos son pocos. Y por ellos doy todo y sin darse cuenta ellos me dan mucho a mí. Las amistades que han muerto, en muchos casos han sido porque yo siento que he dado mucho y que no he recibido nada a cambio. Esto de dar y recibir es el trueque que Daniel no comparte. Pero no es un trueque interesado, no es una condición explícita (o si no sería una bitch) sino que es una armonía, un flujo de confianza que debe sentirse rico y que dan ganas de más.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cambiamos

Año 2001 - la mañana después del carrete
Una ex compañera de colegio con quien he retomado contacto y formado una linda amistad gracias a facebook, se sorprende de mí, de cómo soy. Y claro, porque la última vez que nos relacionábamos era en el colegio, hace (¡ooops!) 13 años atrás y me encontraba intensa e intimidante. Y con toda razón.

No parece que fue hace tanto tiempo cuando estábamos celebrando salir del colegio, con fiestas varias, oficiales y no oficiales, cantando en los pasillos del colegio, reuniéndonos con la orientadora, o cuando entramos a la U y fuimos mechoneados (en mi caso, miento, porque esquivé esa oportunidad de iniciación). Pero si saco los momentos mismos y pienso en cómo era entonces y como soy ahora (desde mi percepción), son eras distintas, claro, mucha agua ha pasado bajo el puente.

En alguna parte leí que en la adolescencia es cuando el cerebro está más vulnerable y hacemos y pensamos cosas, de frentón, weonas. Yo era muy, muy grave y densa. Por ahí debe ir lo de intensa. Esperaba mucho de la gente (no entendía que mis compañeros no estudiaran tanto como yo), acogía ideas y estilos de vida densos (creo que en dos años no usé jeans porque encontraba que me hacía parte del rebaño), nada me hacía feliz (teniendo todo para serlo), encontraba que todos eran unos imbéciles y yo, igual de imbécil, pero sufriendo por aquello mientras los demás vivían en un mundo Bilz y Pap. Siempre fui yo contra el mundo. Mis relaciones con pololos y amigos eran intensas, todo o nada. Mi mejor amiga a quien conocí en la universidad pero que fue al mismo colegio que yo, un año más arriba, me decía que en el colegio yo le daba susto, que me encontraba rara y que una amiga de ella con la que jugaba hockey le decía que yo era "amorosa", para que no se asustara. Sumado a lo que me dice mi nueva amiga, parece que provocaba miedo y rareza más que otra cosa. Cuando le describo a Daniel episodios de mi adolescencia me dice que jamás se hubiera fijado en mí, que como tan apestosa. Y con toda razón.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Cambio de casa

El otro día miraba en Facebook las fotos de una amiga lejana que se acaba de cambiar de casa. Una casa bastante espectacular, con quincho, piscina y todo en un estilo medio rústico bien lindo (se casó bien la cabra). Por Facebook también me enteré de su pololeo, de unas vacaciones espectaculares por Sudamérica y Estados Unidos; de cuando se comprometió y cuando se casó. Yo a ella la conocí cuando trabajábamos en una tienda en el Parque Arauco, hace casi 10 años, teníamos amigas en común y nos caíamos muy bien. Ella me hacía reír mucho porque es histriónica y divertida. Siempre la recuerdo con mucho cariño. Y ha pasado el tiempo y de recién salida del colegio, ahora me enteraba de su cambio de casa y pensaba en toda el agua que ha pasado bajo el puente, con un poco de nostalgia y mucha alegría.

Y hay algo en los cambios de casa que me gustan mucho. Tiene su lado feo. Es un momento bastante estresante. Armar cajas, desarmar cajas, tratar de encontrar las cosas, en fin, una seguidilla de tareas exhaustivas que no tienen nada de entretenido. Y hay una ansiedad enorme todo el rato por hacer todo rápido porque queremos estar instalados en el momento que entramos al nuevo hogar. Y no es así.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Tata

Mi tata regando y mi hermana Dani atrás
Esto es pura nostalgia.

Durante el último par de semanas he pensado mucho en mi abuelo René, mi Tata. El otoño llegó y ahora con casa con patio estaba todo cubierto de hojas y yo con muy pocas ganas de tomar el rastrillo y ponerme a sacar las hojas. Y pensaba en mi Tata. Uno de sus pasatiempos favoritos es pasar horas en el jardín regando, podando, sacando hojas, dependiendo de la temporada. Puede estar horas. Me acuerdo cuando estaba recién salido del hospital por una infección y lo pasaba a ver después de la pega y ahí estaba sacando hojas. Totalmente Zen.

Y con eso se me han venido muchos recuerdos e imágenes.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sobre por qué decidí ser mamá

Ayer Daniel me preguntó por qué decidí ser mamá y qué se sentía. Por un momento no recordaba por qué decidí serlo. Me acordaba de una noche compartiendo vino y cigarros con él planteándole la idea y él diciéndome que también lo había pensado y que creía que era una buena idea. Me acuerdo que hablamos por varias horas pero no lograba visualizar las razones por la cual decidimos ser padres. Sé que no era por instinto maternal o porque sentía que tenía que tener hijos porque eso es lo que me tocaba a esta edad.

Y ahora que lo he pensado ha vuelto hacia mí el plan inicial. Quise tener un hijo como una especie de inversión de amor. Así como cuando la gente tiene plata y decide comprarse una casa para después arrendarla o venderla y así ganar más plata, yo quise invertir el amor que tengo con Daniel en un proyecto de amor. Tener un hijo es multiplicar el amor que siento por Daniel, por mí, por nosotros. No sé si hace mucho sentido, pero para mí es bastante simple. Y se convirtió en un proyecto, así como uno tiene un proyecto de viajar o escribir un libro o remodelar una casa: involucra muchas tareas, esfuerzo, convicción, información, tiempo, mucho tiempo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Día de trámites… y feliz

St. James Park en otoño
Hoy fue un día distinto. Y me di cuenta que no los hay muchos. Todo lo contrario, cada día parece ser dolorosamente parecido al otro. La suerte es que mi hijo me sorprende cada día y nos ofrece gracias nuevas y bien seguido presenciamos "milestones" que hace que todo valga la pena.

Pero hoy fue distinto. Hoy fue un día de trámites. Fui a Londres a inscribir a Enzo al consulado, para que tenga su RUT y sea chileno, porque hasta ahora, el pobre no es ni de aquí ni de allá. Y a última hora decidimos que fuera yo sola. Sin pensar en coches, en mudas, en dar papa quizás donde, en llantos en lugares imprevistos, etcétera. Lo único que tenía que planificar era dejar leche para el niño y pensar en dónde sacarme leche en la mitad de todo. Y así, además, Daniel podía descansar y regalonear tranquilo con Enzo y estudiar mientras nuestro heredero duerme.

Todo con tiempo. Caminé a la micro, en la estación llena–recién pasada la hora peak- compré mi boleto, me compré mi café (skinny decaf latte para la ñora), saqué plata del cajero. Para todo hice cola. Luego a esperar el tren que llegó tarde y estaba lleno. De pie, me tomé mi café, hice mi evaluación de los hombres y mujeres alrededor (hombres minos, interesantes, feos, fomes, raro y mujeres flacas, gordas, bien y mal vestidas), saqué mi Kindle (tenía que decirlo) y leí mi libro. Luego el metro de Londres repleto, lleno de cabros chicos porque están en vacaciones y los padres y/o abuelos deben hacer algo con ellos (TODOS se bajaron en la estación de los museos). Luego caminar al consulado. Estaba al lado de St. James Park -que es el parque frente a Buckingham Palace- y tenía 40! minutos todavía para mi cita con el secretario consular. Caminé al parque, me senté y miré los bellos rasgos otoñales, el viento no tan frío, me fumé un par de cigarros y hablé con mi amiga Sarah por teléfono. Luego partí a mi cita.

lunes, 18 de octubre de 2010

¿Viendo la luz?

Noche de Invierno de Harald Sohlberg. National Gallery, Oslo. Simplemente porque sonreí cuando lo vi.
Gaby, please relax. Creo, creo, creo que recién ahora veo la luz. Leyendo cosas que escribo y recordando conversaciones, pareciera ser que siempre busco "reassurance". De parte del resto, necesito que me digan que me quieren, que me encuentran chistosa o lo que sea. Por mi parte, me programo con tareas y me pongo expectativas para cumplirlas y así sentirme bien conmigo misma, que SI PUEDO cuidar a mi hijo, que SI PUEDO llevar esta casa, que NO SOY tonta, que SI SOY atractiva, etcétera. Es hora ya que me contente con lo que tengo y lo que soy. Y si lo pienso un poco, sí estoy contenta y me acepto y sería mucho mejor si no me pusiera tanta presión. Todo sería incluso mucho mejor, porque sin presión no hay miedo a fallar. Es hora ya que deje de exigirme y ponerme estándares como si fuera una empresa de servicios, ideando indicadores para confirmar si estoy haciendo las cosas bien. Tengo que relajarme y disfrutar todo lo que tengo. Sólo así mi cabeza y mi corazón estarán en paz.

Qué estupidez. Qué rabia. Esta actitud estúpida sólo me ha traído inseguridades y lo que es peor me he convertido en un cacho, poniendo en riesgo lo que más atesoro en la vida que es mi relación con Daniel, nuestra familia y si lo pienso más mis amigos y seres queridos también. Porque necesito y hostigo esperando una palmadita en la espalda o gestos de aprobación y en algunos casos termino no siendo lo suficientemente honesta. Si lo veo al revés, de mi círculo cercano, sólo espero honestidad, cariño genuino, sin prejuicios, nada de andar tanteando terreno todo el tiempo para ver cómo actuar para salir bien parada con el resto y conmigo.

sábado, 2 de octubre de 2010

Días como hoy


Días como hoy siento nada, sólo siento un vacío que llena todo por dentro sin dejarme respirar.

Días como hoy pienso en todas las cosas que me gustaría romperá azotándolas contra la pared: botellas, platos, vasos, computadores, televisores.

Días como hoy pienso en gritar tan fuerte que se escuchará un eco rotundo en todas partes, pero días como hoy son particularmente silenciosos.

Pensar en eso me calma. Pero me da lo mismo. No quiero calma, ni euforia, no risas, ni llanto. No quiero absolutamente nada.

Días cómo hoy son incómodos. Nada se siente bien. Ni la ropa, ni las horas, ni las comidas. Nada.