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lunes, 22 de noviembre de 2010

Cambio de casa

El otro día miraba en Facebook las fotos de una amiga lejana que se acaba de cambiar de casa. Una casa bastante espectacular, con quincho, piscina y todo en un estilo medio rústico bien lindo (se casó bien la cabra). Por Facebook también me enteré de su pololeo, de unas vacaciones espectaculares por Sudamérica y Estados Unidos; de cuando se comprometió y cuando se casó. Yo a ella la conocí cuando trabajábamos en una tienda en el Parque Arauco, hace casi 10 años, teníamos amigas en común y nos caíamos muy bien. Ella me hacía reír mucho porque es histriónica y divertida. Siempre la recuerdo con mucho cariño. Y ha pasado el tiempo y de recién salida del colegio, ahora me enteraba de su cambio de casa y pensaba en toda el agua que ha pasado bajo el puente, con un poco de nostalgia y mucha alegría.

Y hay algo en los cambios de casa que me gustan mucho. Tiene su lado feo. Es un momento bastante estresante. Armar cajas, desarmar cajas, tratar de encontrar las cosas, en fin, una seguidilla de tareas exhaustivas que no tienen nada de entretenido. Y hay una ansiedad enorme todo el rato por hacer todo rápido porque queremos estar instalados en el momento que entramos al nuevo hogar. Y no es así.