viernes, 14 de enero de 2011

Carta de Renuncia

En el verano del 2009
El último verano que trabajé entreteniendo a alumnos
Hoy presenté mi carta de renuncia en la universidad en que trabajo. Bueno, trabajaba. Esperé a que me llegara el último cheque del postnatal y me senté a escribirla. En la carta digo, básicamente, gracias, todo ha sido muy bonito, pero en realidad no puedo trabajar porque no puedo pagar sala cuna. Lo que es verdad. De hecho, saldría para atrás.
En fin. Si bien me fui con las puertas abiertas, disponible para trabajo desde la casa y reemplazos esporádicos, me importó poco. Adoro a mi jefa/amiga (que ahora es amiga solamente, con quien tomamos vino juntas, vamos a ver pelis, salimos a comer) pero nunca en mi vida, corta vida laboral, había trabajado en algo tan poco desafiante, que exigiera el mínimo esfuerzo y cabeza. Y además fue bastante frustrante en la medida que por distintas razones era un lugar tan despelotado, donde sólo con un par de buenas ideas y organización se podrían hacer maravillas. Desde que entré, en marzo de 2008, los sentimientos más generalizados han sido de impotencia y lata.

viernes, 7 de enero de 2011

Adiós al carrot cake

O gracias lactancia por favor concedido

image Mi primera dieta la hice a los 12 años. No sé como mi mamá me dejó. Me compré un libro en una “feria artesanal” que era algo así como baje 5 kilos en 5 días. Llegué al día 2. Al día 3 ya estaba tiritando y al borde del desmayo.
Y no era gorda.
Siempre fui más grande que mis compañeras que eran bien esqueléticas. Me pegué el estirón primero, me salieron pechugas primero y creo que eso me hizo sentir gorda de chiquitita.
No puedo haber sido gorda. Jugaba hockey 6 días a la semana. 4 días de entrenamiento y dos días con partidos. Pero era grandota, con unas piernototas que me daba vergüenza jugar con falda y sacarme la foto de equipo.

domingo, 2 de enero de 2011

Años Nuevos

100_0656 Parece que nunca me han gustado los años nuevos. Siempre he sentido una presión estúpida de que hay que pasarlo increíble para el año nuevo porque así sería el año, que tenía que ser la fiesta de tu vida, y no poder participar de las celebraciones porque o no me daban permiso o mis padres me ponían la cara más larga posible si no lo pasaba con ellos. O sea, el año nuevo al final era una mezcla de lata, frustración y culpa.
Inconscientemente siempre he buscado la fiesta inolvidable, los momentos especiales en la noche de año nuevo. Una boludez. Innecesario.
Lo único que me quedaba era pasar el año nuevo en familia: comer, ver unos programas lateros de recuentos en la tele (creo que no hay nada que odie más que eso) con unas fiestas de disfraces lateras que obviamente fueron filmadas hace tiempo, darnos abrazos y siempre primero a mi papá o mi tata, ver fuegos artificiales en la tele (sin gracia) y para la casa. Ya más grande y con permiso, después de las 12 podía hacer algunas cosas. Y pasé por todo: pasar el año nuevo caminando de un carrete a otro y al final sin hacer nada, la fiesta mal promocionada donde al final no hay nadie, el carrete que no prende nunca, la fiesta en que me desmayo por ver tanta multitud (o porque no estaba pasándolo muy bien, pero no de curada). Cueks, unos tras otros. Siempre soñaba con partir a la playa, hacerla tranqui, pero mi mamá siempre insistía en que pasáramos las 12 todos juntos.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Nada menos sexy que el invierno

 Blog invierno No hay caso. Una de las razones por las cuales odio el invierno es porque uno anda tapada entera y la prioridad es no pasar frío, sacrificando cualquier idea de estilo personal.
Nada más común que imaginarme que me pongo tal o cual vestido, con ciertas calzas y luego me empieza a dar frío y me pongo un polerón encima y ahí se fue la pinta. O peor aún, salir a alguna parte y llevar toda la pinta cubierta por una parka que nunca te vas a sacar.
En la noche, a la hora de acostarse no existe la posibilidad de andar durmiendo semi-desnuda o con pijama pequeño sexy,  sino que con el pijama de franela, con estrellitas o corazones. Y digan lo que digan ningún, ningún pijama de invierno (que abrigue) es sexy, creo yo, a menos que sea la ropa de tu pareja (a veces).
En el mundo del trabajo, del cual estoy eximida en estos momentos, existen posibilidades de exploración de estilo, pero es de lo más típico que la ropa no logre acompañar las temperaturas y que típicamente el calzado menos. A menos que sean unas buenas botas todos los zapatos “de invierno” te dejan los pies helados.

martes, 21 de diciembre de 2010

Great Expectations

calvinhobbes_friends
Hace un tiempo un amigo de Facebook preguntaba en su status qué era la amistad. En uno de esos días en que comento cada cosa que es posteada, intenté contestar y no pude. En realidad no pude hacer una definición rápida. Después de un rato leí lo que le habían puesto sus amigos y encontré todo bien mamón, bien de tarjeta Village. Y hace un par de días, conversando con Daniel nos dimos cuenta que tenemos una visión distinta de lo que es la amistad y lo que uno espera de los amigos.
Parece que yo espero mucho de mis amigos (amiguis, no se asusten) que él. Daniel no espera nada. Que no sean chuecos con él, no más. Y si es que.
Yo tengo pocos amigos. Si hago una fiesta e invito a mis amigos más íntimos sería una fiesta pequeñita. Sí soy de hartos conocidos, de tener buena onda con harta gente y cuando nos topamos es entretenido y ya, en una de esas nos topamos de nuevo. Hay varios de esos conocidos con quienes me gustaría ser más amigos, pero los caminos no se han topado pero no hay gran rollo con eso.
Pero mis grandes amigos son pocos. Y por ellos doy todo y sin darse cuenta ellos me dan mucho a mí. Las amistades que han muerto, en muchos casos han sido porque yo siento que he dado mucho y que no he recibido nada a cambio. Esto de dar y recibir es el trueque que Daniel no comparte. Pero no es un trueque interesado, no es una condición explícita (o si no sería una bitch) sino que es una armonía, un flujo de confianza que debe sentirse rico y que dan ganas de más.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cambiamos

Año 2001 - la mañana después del carrete
Una ex compañera de colegio con quien he retomado contacto y formado una linda amistad gracias a facebook, se sorprende de mí, de cómo soy. Y claro, porque la última vez que nos relacionábamos era en el colegio, hace (¡ooops!) 13 años atrás y me encontraba intensa e intimidante. Y con toda razón.

No parece que fue hace tanto tiempo cuando estábamos celebrando salir del colegio, con fiestas varias, oficiales y no oficiales, cantando en los pasillos del colegio, reuniéndonos con la orientadora, o cuando entramos a la U y fuimos mechoneados (en mi caso, miento, porque esquivé esa oportunidad de iniciación). Pero si saco los momentos mismos y pienso en cómo era entonces y como soy ahora (desde mi percepción), son eras distintas, claro, mucha agua ha pasado bajo el puente.

En alguna parte leí que en la adolescencia es cuando el cerebro está más vulnerable y hacemos y pensamos cosas, de frentón, weonas. Yo era muy, muy grave y densa. Por ahí debe ir lo de intensa. Esperaba mucho de la gente (no entendía que mis compañeros no estudiaran tanto como yo), acogía ideas y estilos de vida densos (creo que en dos años no usé jeans porque encontraba que me hacía parte del rebaño), nada me hacía feliz (teniendo todo para serlo), encontraba que todos eran unos imbéciles y yo, igual de imbécil, pero sufriendo por aquello mientras los demás vivían en un mundo Bilz y Pap. Siempre fui yo contra el mundo. Mis relaciones con pololos y amigos eran intensas, todo o nada. Mi mejor amiga a quien conocí en la universidad pero que fue al mismo colegio que yo, un año más arriba, me decía que en el colegio yo le daba susto, que me encontraba rara y que una amiga de ella con la que jugaba hockey le decía que yo era "amorosa", para que no se asustara. Sumado a lo que me dice mi nueva amiga, parece que provocaba miedo y rareza más que otra cosa. Cuando le describo a Daniel episodios de mi adolescencia me dice que jamás se hubiera fijado en mí, que como tan apestosa. Y con toda razón.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Cambio de casa

El otro día miraba en Facebook las fotos de una amiga lejana que se acaba de cambiar de casa. Una casa bastante espectacular, con quincho, piscina y todo en un estilo medio rústico bien lindo (se casó bien la cabra). Por Facebook también me enteré de su pololeo, de unas vacaciones espectaculares por Sudamérica y Estados Unidos; de cuando se comprometió y cuando se casó. Yo a ella la conocí cuando trabajábamos en una tienda en el Parque Arauco, hace casi 10 años, teníamos amigas en común y nos caíamos muy bien. Ella me hacía reír mucho porque es histriónica y divertida. Siempre la recuerdo con mucho cariño. Y ha pasado el tiempo y de recién salida del colegio, ahora me enteraba de su cambio de casa y pensaba en toda el agua que ha pasado bajo el puente, con un poco de nostalgia y mucha alegría.

Y hay algo en los cambios de casa que me gustan mucho. Tiene su lado feo. Es un momento bastante estresante. Armar cajas, desarmar cajas, tratar de encontrar las cosas, en fin, una seguidilla de tareas exhaustivas que no tienen nada de entretenido. Y hay una ansiedad enorme todo el rato por hacer todo rápido porque queremos estar instalados en el momento que entramos al nuevo hogar. Y no es así.