jueves, 18 de noviembre de 2010

Tata

Mi tata regando y mi hermana Dani atrás
Esto es pura nostalgia.

Durante el último par de semanas he pensado mucho en mi abuelo René, mi Tata. El otoño llegó y ahora con casa con patio estaba todo cubierto de hojas y yo con muy pocas ganas de tomar el rastrillo y ponerme a sacar las hojas. Y pensaba en mi Tata. Uno de sus pasatiempos favoritos es pasar horas en el jardín regando, podando, sacando hojas, dependiendo de la temporada. Puede estar horas. Me acuerdo cuando estaba recién salido del hospital por una infección y lo pasaba a ver después de la pega y ahí estaba sacando hojas. Totalmente Zen.

Y con eso se me han venido muchos recuerdos e imágenes.

De chica, no sabía si mi abuelo era boxeador o detective privado. Todos le seguían la corriente con sus historias y a mí no me quedaba otra que creerlo. Sabía que había trabajado en un banco porque tenía su casa llena de escudos para que nosotros jugáramos. Y era muy entretenido tener billetes y monedas casi de verdad. Recuerdo los miles de domingos que pasábamos en su casa, los almuerzos y onces largas y mi abuelo haciéndonos sufrir con sus bromas. Una vez me dio ají verde diciéndome que era lechuga y siempre me cambiaba el postre por el suyo cuando a él se le acababa. Un poco de pajaroneo y miraba mi postre y estaba vacío. También me daba "güichipirichi": néctar con un poco de vino y me hacía el truco de sacarme la nariz mostrándome su dedo pulgar entre el dedo índice y el del medio. Y esos días me dejaba manejar con él sentándome en su falda mientras estacionaba el auto y cuando íbamos a la playa hacía los hoyos más profundos en la arena.


De más grande, pienso en él en su casa, viendo tele, jardineando o sentado en la mesa esperando que le sirvan té. Y tiene una sala de carpintería. En realidad no sé si la usa, pero está impecable: todas las herramientas en su lugar y los clavos ordenados en envases de vidrio. Cada vez está más viejo, más dulce, más sordo. Sigue igual de guapo. Siempre ha tenido un aire a Omar Shariff. Ya casi no escucha si no tiene el audífono puesto. Por eso cuando lo llamo habla poquito y me quiere cortar. Me pregunta por el clima y listo, porque no escucha. Y está más cansado, sin las ganas de echar la talla como antes. Me acuerdo cuando lo iba a ver al hospital una de las veces que estuvo hospitalizado y con tanta droga hablaba puras leseras. Hablaba en inglés -"today it's Tuesday"- y me decía todo lo que quiere a mi abuela Irma, la Yeya. Claro que cuando le recordé, me dijo que no había dicho eso.

Es que mi Tata es muy orgulloso. El no sabe lo cariñoso y dulce que es, sólo con la mirada, pero es lo peor que uno le puede decir. Le gusta que lo vean como una roca. Así que le seguimos el juego no más. Le damos besos en la pelada para molestarlo y le decimos que lo queremos mucho. Y se quiebra. Lo más triste para mí ha sido despedirme de él cuando partí para acá por primera vez, el 2008. Estábamos en la casa de mi hermana y me tuve que despedir y se estaba quebrando y se paró y se fue. Me daba pena causarle pena, no dejarlo ser la roca que quiere ser.

Pero así es como crecemos y envejecemos. Ahora tiene 90 años, los cumplió un día antes que naciera Enzo. Ese día chateamos y mi madre me dice que estaba emocionado. Y yo ya tengo 31. Ya no está recién jubilado volviendo de un viaje a Europa y yo ya no juego con billetes de mentira ni me pueden engañar con ají.

Tata: te adoro. Como me gustaría que lo escucharas.

Y el patio todavía está cubierto de hojas, porque me recuerda a ti.
Yo y el hombre más guapo del planeta
Leseando con Renecito, dándole besos en la pelada y mi hermana Dani

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