jueves, 7 de abril de 2011

Viejo de Mierda: Mi historia de acoso sexual

Esto lo escribo inspiarada por James Hamilton, el médico cirujano abusado sexualmente y psicológicamente por un cura, que se atrevió a hablar después de años e incluso de tratar a un Monseñor de criminal al ser cómplice de un cura pedófilo. Para que estas cosas no pasen. Para proteger a sus hijos.
Yo fui acosada sexualmente en la universidad (de Chile) por un profesor muy reputado que en paz (o no) descansa. Su nombre es Enrique Sandoval Gessler. Nunca hablé más que con mi círculo cercano, ni lo denuncié, ni nada. En realidad ahora que lo hablaba con mi marido, nunca lo hice porque estaba más preocupada de terminar la carrera sin atados, sin pensar en que quizás a alguien más le podía pasar, a alguien con menos confianza y seguridad que yo. Y escuchando al Sr. Hamilton, creo que estuvo mal, aunque es normal callar por miles de motivos. El habló después de varios años, tantos, que en el sistema de justica antiguo el crimen prescribió.
Hablando con compañeros pensábamos en tener una especie de taller literario, porque en la carrera o en la facultad no había nada parecido a eso. Y habíamos unos cuantos que escribíamos cosas. Yo les contaba de mis experiencias armando revistas en el colegio y los enganchaba.
Y así me acerqué al profesor. Me llevaba relativamente bien con él. Encontraba que estaba motivado por cosas extraprogramáticas e incluso organizamos una salida al teatro. Lleve a mi mamá esa vez, recuerdo, quien también fue alumna de él hace millones de años. Esa vez me acuerdo que le hablaba a mi mamá de mí, de lo fantástica que yo era, etcétera. Nada del otro mundo, nada que mi mamá tomara como algo distinto a un profesor hablando bien de su alumna. Yo lo encontraba muy hablador y halagador y me incomodaba un poco, pero nada contra él.
En ese semestre le propuse lo del taller literario y me invitó a tomar café al Au Bon Pain de Providencia. Ahora que hago memoria, yo le propuse juntarnos en el casino de la U y él me propuso ir a otra parte. Yo, la imbécil, lo encontré muy gentil, porque de verdad quería darse el tiempo fuera de la Universidad para conversar de mi proyecto. Nos juntamos y la cosa se puso incómoda al tiro. Le llevé las revistas que yo había hecho en el colegio y le empecé a contar de mi plan, pero inmediatamente me empezó a hacer preguntas de mí, de qué cosas me gustaban y me empezó a dar regalos, una libreta para que escribiera y creo que un calendario. Yo defraudada de no poder hablar de lo que quería y bastante incómoda con la atención, decidí dar por terminada la reunión. A la salida, me puso la mejilla para que le diera un beso, cosa que uno no hace con profesores, pero yo puse mi mejilla también y me corrió la cara. No hubo cuneteo, y yo de incomodidad me reí y le di la mano y me fui.
Quizás di todas las malas señales: aceptando salir con él, aceptando regalos, hablar de mí, ofrecerle la mejilla. Sé que esto no hubiera pasado si no hubiera sido tan ingenua, pero ¿qué podía tener de malo? si lo que nos convocaba, al menos a mí, era un proyecto de taller literario y él, además, era un tatita. Yuk!
Hasta ahí, todo era una incomodidad no más y obviamente se me acabó el plan del taller literario. Pero la cosa se puso color de hormiga cuando sentía que me hostigaba queriendo hablar conmigo todo el rato, nunca de mi proyecto literario, y me causaba una repulsión tan grande que dejé de ir a clases. Y eso fue para peor. Mis compañeros son testigos de que si él me veía en el pasillo cuando había clases, él decía que no partía la clase hasta que yo no entrara. O cuando dio todas las notas al final del semestre (cuando ya no tendría ninguna opción conmigo porque no tendría que verlo nunca más) y las recitó frente al curso, al llegar a mí, que me saqué una buena nota, dijo que no me la merecía.
Lejos, lo peor de todo fue, sin duda, que un día domingo me llamó a mi casa para preguntarme como estaba y si iba a ir a clases al día siguiente. Le dije que estaba bien y que no sabía si iría a clases. Fui lo más cortante posible. Claramente no quería volver a entrar a esa clase después de eso. Me daba un asco espantoso, verlo, escucharlo, todo. Ningún profesor se puede conseguir el teléfono de tu casa, llamarte un día no hábil para más remate, para hablar contigo. Eso es una violación de tus datos personales, es hacer mal uso de información confidencial. Y el resto de lo que fui “víctima” fue abuso también. Fue una conducta abusiva en cuanto hacía uso de su poder de profesor para hostigarme y humillarme. Nada me podía importar menos que me dijeran que no me merecía una nota cuando yo sabía que sí me la merecía (¡o sea!, me conseguí toda la materia e hice in muy buen trabajo considerando que me perdí las clases), pero una cosa es como yo me sienta y otra es ver que técnicamente hay abuso, hay bullying. 
Hay abuso porque por una motivación personal enferma utilizan su poder para actuar tranquilamente y humillar o hacer movimientos sucios.  Así se pueden proteger. Es una cobardía del porte de un buque, además.
Una vez que se acabó el curso cerré el capítulo. Me olvidé de todo. Nunca más le dirigí la palabra. Pero cada vez que entraba a la universidad pensaba “Ojalá no me lo tope”.
Ahora que lo pienso quizás debería haber hecho algo distinto. Haberlo denunciado al menos, aunque sólo fuera para asustarlo, para que vea que sus actos tienen consecuencias que le podía complicar su apacible vida de académico. Quizás tenía miedo, dada su reputación, a que me cuestionaran a mí y que me pudiera afectar en cómo terminaba la carrera. Pero definitivamente sentía que no valía la pena hacer nada al respecto. No confiaba en que nada llegara a ninguna parte. Si lo denunciaba, sentía que la única perjudicada sería yo. Después de todo no estaba traumatizada ni tenía miedo de que me pasara algo peor. Era un abuso de corto alcance que con mi personalidad y mi círculo de amigos podía manejar bien. En la balanza no valía la pena. Prefería que se las llevara peladas.
Pero los abusadores y criminales deben pagar. El abusador más abusador y uno más livianito son abusadores igual. Que las cosas sigan sucediendo es porque nadie los denuncia. El abusador sabe que es difícil que los denuncien, porque manipula y porque tienen poder.  ¿Y si habían más niñas como yo? Quizás pasaron por algo peor. Eso es lo que no me he podido sacar de la cabeza desde que escuché a James Hamilton.
Lo escribo porque lo denuncio. Nada más. No me estoy desahogando ni nada. El caballero está muerto, tiene una familia que lo recuerda, seguramente, con mucho cariño. Estuve a punto de no escribir su nombre, porque cuando confirmé su segundo apellido por internet, fue porque encontre una caricatura de él y el comentario abajo decía: “mi tío!!!” y un emoticón tiernón. Pensé en su familia y lo que le podría doler, en que él desde su tumba no se podría defender. Pero al final de cuentas, vivo o muerto, con familia querida o solo como un dedo, fue un abusador igual. Simplemente, acosadores que se las llevan peladas por su posición de poder, son criminales que no deben quedar en la impunidad ni en el olimpo de la reputación. Por eso, porque son criminales.
Y denunciemos no más para resguardar a los inocentes y en este caso también, resguardar la educación y la reputación de mi alma mater. Es una pena que esto afecte a familias inocentes, pero les tocó un marido, amigo, padre, colega, tio, abuelo abusador y esa es la realidad, no un académico de renombre que sólo los llene de orgullo.
Nada más que decir. Si hubiera cambiado algo aparte de haberlo denunciado, debería haberlo encarado algunas de esas veces en que yo esperaba el ascensor y él llegaba a esperarlo también. En vez de subir rápidamente por la escalera, debería haberle dicho esto: “viejo verde, cerdo, repulsivo de la conchadetumadre, métase su literatura por la raja porque usted está pasado a mierda y sólo me provoca ganas de vomitar”.

1 comentario:

La Mamá de Martín dijo...

Me siento plenamente identificada con tu relato del former prof ese.
Uno de los pocos recuerdos que tengo de él es que cuando cierta compañera rubia intervenía en alguna de las clases, las manos de él bajaban a su región genital y se frotaba... Fue asqueroso verlo desde primera fila... Además de una vez ser tratada de "tener problemas psiquiátricos y que debía hacerme ver" porque no acepté una invitación suya y dejé de ir a clases.
Saludines.